¡¡Pinchos!!
Son una cosa muy importante, incluso razón para abandonar un bar. Los encontramos sin querer, los buscamos, incluso a veces nos los llevamos encima. Pueden ser hasta razón de discusión, noble arte español ese de decir "el mío es mejor". Al final todo se resume en... pincho de pollo o de tortilla. Y ahí puede incluso haber mucho que decir, muchísimo, pues un pincho no es cosa simple. Los vascos, dicen las malas lenguas, los noticiarios y la publicidad institucional, que han elevado este bocado a un arte, anchoas trenzadas envolviendo una pipara alegre y coronando un trozo de atún confitado con guanciale añejado.... No hacía falta complicarse tanto, ya bastante discusión hay sin entrar en la alta cocina. Un pincho de pollo no es solo un trozo de pollo y algo de pan, requiere ciertos detalles al gusto del consumidor. Empanado o no, primer dilema, y no empecemos con la lechuga, o el tomate. ¡O la dicotomía entre mahonesa y alioli! Eso puede hacer que ardan taburetes....






