Mi vida con el hombre reticular
Todo comenzó casi sin darme cuenta, muy poco a poco. Al principio eran pequeños detalles que hasta me hacían gracia, pero luego... Siempre había sido un hombre ordenado; le gustaba que las cosas fueran de una determinada manera. Eso le daba una paz mental en forma de dopamina que viajaba a toda velocidad por su torrente sanguíneo hasta su corteza prefrontal. Pero ese orden, ese control, fue siendo sustituido paulatinamente por una necesidad obsesiva. Tenía toda una serie de normas que había pasado a convertir en directrices de su credo, cuyo único integrante era él mismo: las verduras debían ser cortadas sobre un plato para no manchar la tabla de madera; los paquetes del congelador debían estar debidamente etiquetados para ser fácilmente identificados; las pinzas de la ropa se usarían por parejas del mismo color y su tamaño estaría condicionado por el peso de la prenda a tender. Cada vez parecía menos un ser humano y más un androide sacado de alguna película retr...



