Mapacharán
Cervecería Lolo
En algún momento indeterminado de la madrugada del miércoles 22, el viento terminó de romper los goznes de la pequeña ventana de ventilación del almacén de la Cervecería Lolo, único bar del pueblo. En algún momento entre la rotura de dicha ventana y el amanecer, un animal de pequeño tamaño entró al almacén, se alimentó de una pieza de tocino colgada cerca del estante de los licores y accidentalmente hizo caer varias botellas. Atraído por el olor dulzón de los líquidos contenidos en estas, se dedicó a lanzar más al suelo y beber de los charcos, hasta quedar completamente ebrio y arrastrarse a una esquina a dormir la mona entre una caja de cebollas y otra de patatas.
Ajeno a estos eventos, Manuel Torregosa, actual dueño del local, abrió como de costumbre para servir a los clientes habituales la usual primera de varias, a muchas, rondas de pacharán. El grupo vació la primera botella con la eficacia que solo trae la práctica, mientras que los rezagados se unían en la segunda ronda, obligando a Lolo a ir al almacén a por al menos dos botellas más para cubrir la demanda de bebida de su clientela y a encontrar los destrozos provocados por la alimaña. Para cubrir la falta de seis botellas de licor de endrinas, convertidas en cristales rotos en un charco rojizo, el camarero inventa sobre la marcha una historia acerca del repartidor no pudiendo traer el pedido y en su lugar saca una botella de anís de la Asturiana, una de brandi Soberano, licor cantueso y licor de guindas sin marca.
La primera discusión del día, sin daños ni ningún otro efecto, fue entre los parroquianos al intentar decidir qué beber a continuación. Algunos defienden el cantueso como mejor opción, por ser producto de la tierra, otros se decantan por la tradicionalidad del anís, Marcos, hermano del párroco, propone por similitud gustativa, cambiar el pacharán por las guindas y sirve una ronda que acaba bebiendo mano a mano con su primo. Las siguientes horas de la mañana fueron testigo de cómo los vecinos del pueblo probaron el inventario de licores acopiados desde hace años en el almacén de la cervecería, muchos de ellos guardados allí desde que el local perteneció a la madre del actual y tenía como cartel "Donde Manoli"
Manoli
Madre de Lolo, encargada del local durante la mayor parte de su larga existencia, y dueña desde que enviudó hasta que su hijo la apartó del negocio, apareció en la cervecería cerca de las 2 para reemplazar a Lolo y permitirle recoger a su hijo del autobús escolar y comer con él. Al encontrar a los vecinos del pueblo ebrios frente a una variedad de licores tan amplia como sorprendente, les cortó el grifo y mandó a todos a sus respectivas casas. Esto inició el segundo altercado de la jornada (ignorando los variados intercambios dialécticos acerca del gusto de unos u otros con el alcohol, o de su aguante del mismo).
Haciendo gala de sus años de experiencia, Manoli consiguió echar a toda la parroquia del local escoba en mano. Desaparecidos los borrachos, la anciana encaró a su hijo.
-Tú eres tonto, tonto del bote Lolo, si ya se lo decía yo a tu padre y qué suerte tuvo de morir cuando eras niño. ¡Si te viera ahora! ¡Pero cómo se te ocurre darles de beber anís! ¡Y cazalla! ¡Y mistela! Si es que no escuchas... menos mal que vine a tiempo y aún no ocurrió ninguna desgracia. ¿Cuántas veces te he dicho que a los vecinos solo se les sirve pacharán o manzanilla y nunca los mezcles?. Esos garrulos no saben beber, con eso les llenas la barriga, les entra sueño y se van a casa, apuntas la cuenta y ya pagarán... pero no, tú sabes más que yo... seré vieja, pero tú eres tonto. A saber la que has armao.
Lolo, frustrado e insultado, salió del local dando tal portazo que hizo saltar una de las bisagras. La puerta cayó al suelo y Manoli, improvisando, clavó la bufanda del Elche de detrás de la barra entre los marcos de la puerta a modo de cordón policial. Así fué como la Cervecería Lolo cerró sus puertas indefinidamente y los eventos empezaron a extenderse por la localidad de Muérdagos de Calatayud.
María Santísima de la Esperanza
Marcos Amorós, tras haber dado en solitario buena cuenta de media botella de licor de guindas, un número indeterminado de rondas de mistela brindando alegremente con el alcalde del pueblo, y argumentado efusivamente a favor de que el hermano de un sacerdote pueda darse a los vicios mientras finiquitaba una botella polvorienta de anís, salió de la cervecería con ánimo de continuar. Acompañado de parte de los ebrios robó la llave de la sacristía y dieron buena cuenta del vino para misa, antes de caer inconscientes uno a uno en los bancos de la iglesia.
Ya entrada la tarde, durante la búsqueda de los borrachos por parte de las fuerzas sobrias de la localidad, sería Urraca Diaz, mujer de Luis Diez, alcalde pedáneo del pueblo y cabeza de la asociación de mujeres de Muérdagos de Calatayud, de la asociación de vecinos, y de la junta de festejos, quien descubriese a su marido y a otros cinco hombres de avanzada edad dormidos en la iglesia. La principal consecuencia de esto fue el inicio de una reprimenda inmediata y a tal volumen que la virgen en el altar derramó una lágrima por los aludidos. Otros efectos menos inmediatos incluyeron el cambio de cerraduras de la iglesia y sacristía, un acúfeno persistente durante cinco a siete días en los interpelados, y la pérdida de un contrato para venta de alcachofa entre la cooperativa local y una cadena de supermercados que ha solicitado no ser relacionada con estos acontecimientos.
Andrés Amorós, párroco de la localidad, se encuentra en viaje a Roma y aún no ha sido informado de lo ocurrido.
Huertas de Muérdagos de Calatayud
Siendo conocido que uno de los efectos de la bebida es olvidar, no es de extrañar que algunos de los parroquianos de la Cervecería Lolo olvidasen su edad y quisiesen revivir las hazañas de su juventud, como hicieron. Tales, digamos, heroicidades no ocurrieron sin consecuencias.
Pascual López, ex guardia civil, jubilado, sufrió una lesión de cadera de la que aún se está recuperando, al intentar saltar la tapia de la huerta de su sobrina Anabel Gracias. Fue atendido in situ y en el acto por su propio cómplice, Juan Figueroa, médico rural de la localidad, que después de realizar una muy chapucera e innecesaria inmovilización del tobillo del lesionado, entró al huerto a robar fresones. Para su desgracia, la propietaria de la parcela apareció y le descubrió con las manos en la masa. Juan, a verse sorprendido, intentó huir a la carrera y tropezó con la manguera de riego del plantío. La subsecuente caída fue aparatosa en extremo, destrozando parte de las plantas de fresas y sufriendo una irónica torcedura en el tobillo que le incapacitó para intentar levantarse.
Varios vecinos notificaron daños en sus huertos e invernaderos, asumiendo en un primer momento que algún grupo de turistas se habría dedicado al vandalismo. Al descubrirse los hechos de la Cervecería Lolo y sus consecuencias, se ha entendido que estos daños fueron ocasionados por uno o más vecinos completamente ebrios, sin que haya podido establecerse su identidad ni su grado de responsabilidad. Manoli y Lolo señalaron a la totalidad de los concurrentes esa mañana en la cervecería, pero cualquier intento de interrogatorio a estos resultó infructuoso, alegando resaca incapacitante o amnesia inducida por la ebriedad.
Elenea Erminia Eredia
Vecina de toda la vida de Muérdagos de Calatayud y completamente ciega desde hace doce años, recibió con alegría la vuelta de su gato tras haber desaparecido el animal las pasadas navidades. Para su sorpresa, como ha dicho al resto de integrantes de la Asociación de Mujeres de Muérdagos de Calatayud, el animal debe haber estado comiendo bien estos meses, porque ha vuelto con más pelo y más gordo de lo que estuvo nunca, pero ahora solo se despierta de noche y se pasa el día dormido, excepto cuando alguien pone un vaso de pacharán. En ese caso, sin falta alguna, el animal se sube a la mesa y golpea con las patas hasta que alguien le sirve un poco a él en un cuenco. Erminia, que siente un inmenso cariño y no le niega nada a su mascota, permite sin falta este vicio al animal.
Felisa Anglés, enfermera cuidadora de Erminia, ha comentado en privado a algunos vecinos que el animal que ha vuelto a casa de la señora no es su gato y que el felino murió en Navidades debido a una intoxicación al comerse un tiesto de lirios. Incapaz de informar a la señora de que su mascota había pasado a mejor vida, mintió diciendo que se había fugado por una ventana abierta, detrás de alguna gata montesa. En realidad, el animal que ahora mismo duerme de sol a sol en un camastro en la casa de la buena mujer, es un mapache. O al menos eso es lo que dijo la señorita Anglés tras ver una imagen de uno en el telediario.


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