Mi vida con el hombre reticular


Todo comenzó casi sin darme cuenta, muy poco a poco. Al principio eran pequeños detalles que hasta me hacían gracia, pero luego... 

 Siempre había sido un hombre ordenado; le gustaba que las cosas fueran de una determinada manera. Eso le daba una paz mental en forma de dopamina que viajaba a toda velocidad por su torrente sanguíneo hasta su corteza prefrontal. Pero ese orden, ese control, fue siendo sustituido paulatinamente por una necesidad obsesiva. Tenía toda una serie de normas que había pasado a convertir en directrices de su credo, cuyo único integrante era él mismo: las verduras debían ser cortadas sobre un plato para no manchar la tabla de madera; los paquetes del congelador debían estar debidamente etiquetados para ser fácilmente identificados; las pinzas de la ropa se usarían por parejas del mismo color y su tamaño estaría condicionado por el peso de la prenda a tender. 

 Cada vez parecía menos un ser humano y más un androide sacado de alguna película retrofuturista. Sin embargo, tenía pequeñas imperfecciones que le ataban como un cordón umbilical a nuestra especie. Recuerdo que en aquella época me hacían gracia especialmente dos de sus manías. La primera de ellas es que parecía poseer un don especial para no tirar nunca las bolsas de basura a los contenedores de la calle. Era casi como si su olfato hubiera estado entrenándose para este preciso momento y poder resistir días con el fétido olor de los restos de pescado en proceso de descomposición en el fondo de nuestro cubo. La segunda era su capacidad para desperdigar todas las cosas con las que estuviera trabajando en un radio de acción que podía afectar a toda la casa. De esta manera, no era raro que encontrara ropa suya en las dos habitaciones, en la salita y en la cocina. Pero no era algo que solo afectara a la ropa: cuando cocinaba, podía haber cacharros y desechos a lo largo de toda la meseta, el fregadero y la barra que usábamos para desayunar, siendo la cocina lo más parecido al escenario de una batalla campal una vez finalizada la tarea. Aunque debo admitir que le encantaba cocinar y sus platos estaban siempre preparados con amor y cariño. 

 Sin embargo, no fue hasta el día en que compré una colcha para nuestra cama que me di cuenta de lo lejos que había llegado su transformación. Recuerdo que cuando la vi en la tienda me reí pensando que su patrón geométrico sería de su agrado, ya que así podría controlar perfectamente la longitud de tela que debía sobresalir por cada lado. Aquello fue el fin del hombre al que había querido durante tantos años tal y como lo había conocido. 

 Cuando llegué a casa con la colcha y la extendí sobre la cama, él se quedó petrificado en la puerta del dormitorio. El estampado —un entramado perfecto de rombos y triángulos isósceles— no solo le fascinó: pareció activar en él una frecuencia de onda desconocida. Se tumbó sobre la cama y encajó su propio cuerpo en las líneas de la tela. Esa misma noche, mientras dormía, escuché un chasquido seco, similar al de un palo de helado al romperse. Encendí la luz de la mesilla y me encontré a mi novio completamente rígido. Su codo derecho ya no era redondeado; se había vuelto un ángulo recto perfecto. Cuando le pasé la mano por la mejilla para despertarlo, no sentí piel, sino una superficie plana y pulida, como si se hubiera convertido en la cara de un cubo. 

 En cuestión de días, la geometría tomó el control total. Se levantaba por las mañanas y, con un compás y una regla de metal, medía la curvatura de sus propias extremidades antes de llorar en silencio porque sus orejas aún retenían un vestigio «vulgarmente ovalado». Dejó de comer cualquier alimento que no pudiera cortarse en polígonos regulares; las rodajas de zanahoria circular lo hacían hiperventilar, así que tenía que tallarle los calabacines en forma de prismas pentagonales para que no sufriera un ataque de ansiedad. 

 Lo verdaderamente terrorífico no era su aspecto —aunque ver a un tetraedro viviente intentando abrocharse la camisa del trabajo produce un pellizco en el estómago que no le deseo a nadie—, sino que sus viejas manías no desaparecieron, solo se adaptaron a su nueva forma. Seguía sin tirar la basura, solo que ahora apilaba las bolsas podridas formando una pirámide de base cuadrada perfecta en medio del salón. Y su manía de desperdigar las cosas al cocinar se volvió matemática: si preparaba un guiso, los platos, cubiertos y restos de cebolla aparecían dispuestos por toda la casa siguiendo la sucesión de Fibonacci. Encontrar un trozo de pimiento cónico pegado al espejo del baño a la distancia exacta del fregadero te cambia la perspectiva del amor para siempre. 

 El desenlace ocurrió el pasado martes. Me desperté a las tres de la mañana por un murmullo que salía del baño. Al abrir la puerta, lo vi frente al espejo. Su rostro era una red bidimensional de triángulos entrelazados que emitían un ligero chasquido plástico al hablar. 

 -Amor —me dijo con una voz monocorde, sin inflexiones ni matices—: el cuerpo humano es un desorden topológico inaceptable. 

Se agachó con un crujido seco, agarró los bordes de la alfombrilla del baño y se encajó en ella como la última pieza de un puzle. Escuché un sonido parecido al de un fuelle al desinflarse y, ante mis propios ojos, se replegó sobre sí mismo: primero un pliegue diagonal, luego una bisectriz, después una permutación de caras paralelas... Hasta que se convirtió en un cubo perfecto de unos treinta centímetros de lado, completamente liso, de un tono arena tirando a pálido. Lo tengo en el trastero. Lo he puesto encima de unas cajas de mudanza porque, si lo dejo en el suelo, me da la sensación de que descuadra la habitación. 

No sé si esto cuenta como desaparición, homicidio o simple reestructuración del espacio doméstico, pero si van a registrar la casa, por favor... no me descoloquen los cojines del sofá.

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