Terquedad biológica


 Estoy cansada de luchar con la vida, de luchar por conseguir cosas que nunca acaban de llegar. A veces una tiene la sensación, que no la certeza, de que eso por lo que está peleando se acerca, se aproxima, lenta pero inexorablemente. Y tú, ingenua de ti, te permites el lujo de que una pequeña llama empiece a arder en tu interior.

Es una sensación extraña y dual: por un lado, es reconfortante sentir ese calor en el pecho; por el otro, tienes tanto miedo de que se apague sin previo aviso que te gustaría correr y extinguirla tú misma, mientras te insultas por haber tenido el descuido de dejar que prendiera.

Pero la llamita no se apaga. Hay algo especialmente cruel en ella: se mantiene firme en su terquedad, susurrándote que tal vez, y sólo tal vez, tu lucha esté llegando a su fin; que esa meta inalcanzable a lo mejor sí es accesible. Accesible no para hoy, tampoco para mañana, pero puede que sí para un pasado mañana un tanto difuso e inconcreto. La esperanza tiene una terquedad casi biológica.

Sin embargo, los días pasan y nada pasa. Te das cuenta de que en realidad siempre fue un espejismo. Un espejismo que muy seguramente has creado tú misma desde el principio, sólo para seguir andando un poco más hacia ninguna parte.

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