EL AMOR ROTO DE NERIS

Esta es una de esas historias más antiguas que las runas y glifos grabados en roca. Esta es una de las historias del principio de los días de los hombres, cuando las primeras tribus pisaban el mundo junto a los inmortales. Esta es una historia acerca de las consecuencias del deseo y los frutos envenenados del amor. Esta es la historia del amor quebrado de Neris.

El protagonista involuntario de esta historia fue Ogreu, el primer hombre en observar con curiosidad el vuelo de las aves y se puso como objetivo en la vida descubrir los secretos de aquellos magníficos seres dueños del cielo. Los siguió hasta sus nidos y perchas, y siguió sus vuelos y movimientos con la misma dedicación con la que un joven observa a la mujer que ama. No podía imaginar Ogreu que, en su inocente curiosidad, estaba siguiendo y cortejando a la mismísima diosa Neris, señora de la libertad y cuidadora de todas las aves. Neris acostumbraba a vestirse de plumas y volar junto a sus más amadas criaturas, y tras este disfraz fue como descubrió la mirada curiosa de ese hombre extraño, que buscaba los nidales sin robar huevos ni cazar pájaros.

Con los días el interés se volvió mutuo, y el observador se convirtió en observado. Neris seguía a Ogreu hasta su hogar noche tras noche, vestida de plumas de halcón o garza, o cualquier otra ave que fuese apropiada para no ser descubierta por él. Pero aquel mortal demostraba ser observador, se percataba de la presencia del ave siguiéndolo de vuelta a su hogar, e incluso dejaba algún trozo de carne seca en el suelo o lo lanzaba hacia donde estuviese posado el ave a modo de ofrenda amistosa. Este simple acto encendió aún más la curiosidad de Neris hacia aquel hombre amistoso, y un día decidió mostrarse a él con su auténtico rostro. 

Voló detrás de Ogreu hasta que este llegó a su hogar. Una larga jornada observando aves había dejado paso a una noche iluminada por una brillante luna, y en ese entorno, sólo para los ojos de aquel mortal, cambió sus plumas por prendas y se reveló a él. Como cualquier otro de los que vivieron en esos lejanos días, Ogreu sabía que había inmortales y poderosos dioses caminando por el mundo, pero no por ello se sorprendió o asustó menos al verse frente a uno de ellos. 

“Triste ofrenda es un trozo de carne seca, mi Señora de las alas veloces. Pido disculpas por ello- Por favor, déjame compensarte con pan tierno y miel y dulce carne ahumada.”

Y en el momento exacto en que el último sonido salió de sus labios, corrió al interior de su hogar precavido de los posibles caprichos del ánimo de la diosa, saliendo rápidamente para ofrecer a su inesperada compañía la apropiada hospitalidad prometida. Tras este extraño inicio, nació una sincera amistad entre la diosa y el mortal. Neris comenzó a acompañar a Ogreu cuando éste observaba a las aves, contándole sus secretos, enseñándole más de lo que él habría podido aprender nunca, y al mismo tiempo maravillándome de su curiosidad e interés por las aves a las que tanto quería. Aunque Neris, por su naturaleza, iba y venía con el viento, estos momentos compartidos los unieron cada vez más, hasta que nació entre ellos un amor sincero y mutuo, una relación sin precedentes entre un mortal y una diosa.

El romance fue intenso, aunque intermitente, la naturaleza de la señora de la libertad nunca habría soportado vivir en un solo lugar y por tanto desaparecía casi sin despedirse, para siempre volver al cabo de dos días o dos lunas, pero siempre para volver a los brazos de Ogreu. Durante años el amor entre ambos creció y se fortaleció hasta fructificar en la forma que todos los amores deberían hacer. Una mañana, tras una ausencia especialmente larga, la diosa apareció encinta y permaneció junto a Ogreu hasta que su embarazo finalizó con el alumbramiento de dos preciosas gemelas. Tira y Zaya, destinadas a ser las diosas de las pequeñas aves cantoras y las ágiles aves de presa, y a compartir con su madre el epíteto de diosas de la libertad y dueñas del cielo abierto. Las niñas crecieron, inteligentes y tremendamente hermosas, bajo los cuidados de su padre y la educación de su madre durante sus intermitentes e impredecibles visitas.

El poblado de Ogreu creció increíblemente gracias a la presencia de Neris. Las esporádicas apariciones de la diosa atrajeron buena suerte, pues su alegría al reencontrarse con sus hijas se contagió a la misma fortuna. Durante sus visitas, los hombres y mujeres de la tribu disfrutaban de que la diosa les enseñara gustosamente a entender mejor a las aves y los cielos. Gracias a eso aparecieron entre aquellas gentes gran cantidad de sabios y adivinos, capaces de leer las nubes y el viento y predecir las estaciones para el bien común, y Neris se convirtió en una más de ellos. Muchos niños nacieron en esos años, y acompañaron a las dos hijas de Neris en sus juegos y correrías. La vida sonreía a la tribu, que en poco tiempo pasó a llamarse la tribu de Neris, y casi todos participaron de esta felicidad y fortuna. 

Pero igual que no hay cielo eternamente despejado, una nube oscura ensombreció la vida de Neris y Ogreu. Su nombre era Luet y había estado secretamente enamorada de Ogreu desde niña. Tímida desde aquella lejana infancia, Luet nunca se atrevió a declarar sus sentimientos y cuando fue evidente que el hombre que amaba estaba entregado por completo a una diosa, su mundo se derrumbó. Los remordimientos por su incapacidad para declararse, enturbiaron su alma día a día y esa oscuridad creció hasta convertirse en locura. 

La alegría de la aldea chocaba contra la amargura de Luet, haciéndola ver que algo en ella o su vida no encajaba. Incluso llegó a creer y convencerse de que sólo sería feliz si se convertía en la esposa de Ogreu, saciando así el voraz apetito de su vacío corazón. Una y mil veces pensó en cómo lograrlo, rezó a muchos dioses y maquinó sin cesar durante largas noches de insomnio. De todos los poderes que habrían podido responderle, fue Coris, el fuego traicionero, el embustero, señor de las artimañas, quien le dio una solución con intención de cumplir una antigua venganza contra la señora de las aves.

Tiempo atrás, antes aún de que los primeros hombres, Coris, el dios de los trucos y Neris, compitieron durante días a raíz de una apuesta, empatando continuamente. Para la última de estas pruebas, se reunieron en lo profundo de un denso y remoto bosque donde Neris propuso: “Compitamos hasta dejar atrás el viento que sopla entre las copas de los árboles. Pero para que sea justo lo haremos sin disfraces ni magia alguna.”. Coris aceptó encantado y, sin pensar, se despojó del aspecto de mortal descubriendo su cuerpo de fuego vivo. Entonces Neris corrió hacia un río cercano y saltó al agua, buceando lejos a través del bosque, mientras Coris quedaba atrapado entre los árboles, en su ansia por demostrar la velocidad del fuego y ganar al fin la apuesta, no pensó en que la madera ardería y él quedaría atrapado por el incendio, incluido temporalmente en las llamas que consumieron el bosque. Cuando el incendio agotó todo el alimento disponible Coris, frustrado y avergonzado, juró tomar venganza por aquella humillación. 

Y gracias a la plegaria de Luet, Coris encontró la oportunidad de cumplir su promesa de venganza que tanto tiempo llevaba esperando. Siguiendo su naturaleza impulsiva, se hizo a sí mismo aparecer desde la llama de la lámpara de aceite de la cabaña de Luet, iluminando toda la estancia con su fuego y portando un colgante en la mano derecha. 

“Con esta joya al cuello podrás disfrazarte de cualquier criatura hasta que amanezca, pero recuerda que sólo los ojos mortales serán engañados por esta ilusión. Ahora ve y toma a tu amado de los brazos ausentes de la señora de las aves”

Poco pudo imaginar el dios de las artimañas las consecuencias de ese regalo, y tampoco pensó Luet en nada más que en aceptarlo. Pero había un último obstáculo en el camino de Luet, las gemelas nacidas ojos más que humanos, hijas de una diosa y destinadas a serlo ellas mismas, seguramente podrían ver a través del disfraz del colgante y reconocerla. Para superar este escollo, Luet buscó hierbas y semillas somníferas y las molió y mezcló con manteca, harina y miel, horneando unos bollos que regalaría a las gemelas antes de reunirse con su padre. Dormidas no serían un peligro para su plan. 

Encontró a las dos niñas-diosas en un campo cercano a su casa y les dio, con palabras cariñosas y su mejor sonrisa, los bollos de hierbas somníferas, completamente empapados en miel. Cualquier sabor extraño pasó desapercibido y las dos jóvenes los devoraron con placer. Tras esto las dejó seguir compartiendo la tarde con sus compañeros de juegos. Nadie sospechó al verla regalar los bollos a las gemelas, pues era habitual que esas gentes hiciesen pequeñas ofrendas a las pequeñas futuras diosas, y después fué hacia el hogar de Ogreu. Así el plan de Luet funcionó a la perfección, al menos en apariencia. Oculta entre dos casas, se puso el colgante de Coris para emerger disfrazada como la diosa Neris y terminar así su corrió hasta su amado. Hacía ya varios meses que Neris no visitaba a Ogreu y éste estaba empapado de añoranza por su amada diosa. Cuando vió la figura de su amada entrar por la puerta, completamente engañado por el colgante del dios de las argucias, corrió a tomarla en sus brazos y cubrirla de besos. Las prendas volaron y Luet, vestida únicamente con el collar del señor de los engaños, pasó la noche con Ogreu.

Un alarido animal salió del pecho de Neris ese amanecer, despertando sobresaltados a todos aquellos a gran distancia del hogar de Ogreu. Al llegar al lugar y quitarse su manto de ave, su rostro reflejó una furia y un dolor imposibles de describir. Neris se lanzó así hacia el interior del hogar de Ogreu, acompañada por un vendaval, tirando abajo muebles y haciendo volar puertas y ventanas hasta llegar al lecho que su amado. Allí lo encontró con otra mujer, una vestida únicamente con un colgante mágico que la vestía falsamente con su rostro y su cuerpo. Pero la causa de su ira era otra, pues fuera a merced del gélido aire nocturno las dos niñas-diosas yacían inmóviles y pálidas. Luet había mezclado una cantidad excesiva de somníferos, y las gemelas cayeron dormidas antes de poder llegar a su hogar. La noche las atrapó, desprotegidas de los elementos, y el frío absorbió su vida lentamente sin que pudiesen hacer nada para remediarlo. Poseída por la ira, la diosa de las aves agarró a su suplantadora del cuello y arrancó el colgante, revelando al fin a Ogreu que había yacido con una mujer que no era su amada. Llamó furibunda a sus pares inmortales, pidió a los vientos que le contasen lo que habían visto esa noche y a la sabiduría de su padre que le permitiese dispensar justicia. Con sus ojos fijos en los de Luet, sentenció.

“Tú me has robado mi amor y mi familia con las artimañas del fuego traidor. Tú que has herido sin cuidado a inocentes para satisfacer tus deseos, sufrirás una maldición equivalente al daño que has causado. Cuando apartes la vista de la vida que crece en tu seno, como yo hice, serás la condenación de los tuyos” 

Esas fueron las últimas palabras de Neris a un mortal, que se sepa, pues tras emitirlas tomó a Ogreu y desaparecieron, nada se sabe del destino que corrió él tras esa noche. La aldea, convertida temporalmente en una floreciente urbe gracias a la presencia de Neris, perdió su fortuna de la noche a la mañana. Desaparecida la diosa, los otros inmortales apartaron su mirada benévola de aquel lugar de dolor, y todos los buenos augurios se desvanecieron. El comercio tomó otras rutas, sus habitantes se mudaron a otros lugares, y esas tierras quedaron habitadas por Luet, otros pocos desgraciados y parias, y las tres niñas que nacieron de aquella fatídica noche. 

Predestinadas por la maldición de Neris, las trillizas llegaron al mundo muy delgadas con piernas y pies de ave y unos brazos que, al crecer, se cubrieron de plumas y tornaron en una suerte de alas. Su madre, viendo como la maldición de la de las alas rápidas había convertido a sus hijas en criaturas incapaces de pronunciar palabras como las personas, pero con una habilidad increíble para cantar. Su voz estaba dotada de una calidad hipnótica, embelesando de forma sobrenatural a todos excepto a su madre y a ellas mismas.

Luet, recordando la maldición de Neris, procuró no separarse nunca de ellas, o encerrarlas en casa si necesitaba salir en busca de alimentos o provisiones de cualquier clase. Así vivió casi aislada, viendo únicamente a algunos viajeros que nunca tomaban de nuevo esa ruta, pues sus sentidos quedaban embotados en el momento en que las niñas empezaban a cantar.

Un día fatídico, mientras su madre estaba ausente, adquiriendo recursos en una pequeña aldea cercana y sus hijas estaban encerradas en la casa, una partida de cazadores errantes pasó cerca de su morada, en persecución de un gran ciervo al que llevaban varios días acechando. No hay testigos de lo ocurrido ese día, pero la maldición de Neris advirtió a Luet “no pierdas nunca a tus hijas de vista” y eso es lo que había hecho. Las niñas, ahora crecidas hasta una temprana adultez, llamaron con su extraña canción a los cazadores y cuando estos abrieron las puertas de la casa, usaron sus garras de ave para masacrarlos. Al llegar a su hogar, Luet, lo encontró lleno de cadáveres, cada uno con un huevo ensangrentado entre sus entrañas expuestas. Luet huyó, aterrada ante la grotesca imagen de sus hijas devorando los cadáveres convertidos en nidos, y se perdió en el bosque para no volver a ser vista.

Este es el final de la triste historia del amor roto de Neris, de la venganza destructiva de Coris, y del origen de la prole maldita de Luet. No se sabe bien qué pudo llegar a ocurrir con las niñas-pájaro malditas, si bien se cuenta, entre los marinos y montañeros, que, en algunos lugares aislados en las montañas y costas abruptas, hay extraños seres mitad ave mitad mujer, que hipnotizan a cualquiera que oiga sus cánticos de llamada, condenándolos a una muerte atroz.

 

Comentarios

  1. Me parece un relato magnífico, tanto en el fondo como en la forma. Destila el viejo aroma de los grandes relatos de fantasía y abre un mundo de posibilidades tan vasto como anhelante. Ruego, por favor, al autor que nos deleite con más entregas. Se han abierto las ventanas y puertas de un mundo maravilloso, mi enhorabuena más sincera. Gracias

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