El llanto del cuco
Es extraño.
Hace un momento sentía el peso del papel entre mis dedos. Ledesma, otra vez.
Recuerdo el nombre impreso en la portada, una promesa de algo oscuro. Pero
ahora el tacto es distinto; mis manos rozan un metal frío, rayado, impregnado
de un olor a grasa vieja y a rancio que me revuelve el estómago.
Estoy en un
ascensor. Las luces parpadean con un zumbido eléctrico que parece querer
decirme algo en un código que no entiendo. ¿En qué planta estoy? Miro el panel,
pero los botones han sido arrancados, dejando solo cables pelados que cuelgan
como nervios expuestos.
Las puertas se
abren con un quejido metálico. Fuera no está el rellano de mi casa. Es un
pasillo infinito, sumergido en una penumbra de color ámbar. Las paredes parecen
exudar una tristeza antigua, un gris que no es pintura, sino puro abandono.
Camino. Mis
pasos resuenan demasiado fuerte, como si el suelo estuviera hueco. Noto que en
cada puerta hay marcas: no son rayas rojas esta vez, sino muescas profundas en
la madera, como si alguien hubiera intentado entrar... o salir
desesperadamente. Al pasar frente a la 4ºB, me detengo. Un zapato pequeño, un
tenis azul de niño, yace en mitad del pasillo. Está impecable, como si alguien
lo hubiera dejado ahí hace apenas un segundo. Pero al inclinarme para
recogerlo, el aire se vuelve gélido.
Oigo un
llanto.
No es un
llanto humano, o al menos no uno que reconozca. Es un sonido agudo, rítmico,
que parece filtrarse por las juntas de las paredes. Como el canto de un pájaro que se burla de la muerte.
-¿Aarón? -susurro, y el nombre me quema la garganta como si no fuera mío.
Una sombra se
proyecta al final del pasillo. No es un niño. Es una chica, una adolescente, no
consigo ver su rostro con claridad desde aquí, pero sí que veo que lleva unos
cascos con forma de orejas de gato y una maleta de rayas que parece pesar mucho
por cómo la arrastra.
-No debería
estar aquí -dice una voz a mis espaldas.
Me giro
sobresaltada. Es una mujer joven, vestida con un uniforme de enfermera que le
queda grande, con unas ojeras que parecen tatuadas en la piel. Me mira con una
mezcla de lástima y reproche. En sus ojos veo reflejado el mismo vacío que hay
en el hueco del ascensor.
-Me he perdido -balbuceo-. Estaba leyendo... Ledesma... Yo solo quería saber qué pasó.
La enfermera
esboza una sonrisa amarga y señala hacia arriba, hacia el techo de hormigón que
parece cerrarse sobre nosotras.
-En este
bloque nadie sabe qué pasó realmente. Solo sabemos lo que perdimos. El cuco ya
ha puesto el huevo, y ahora todos somos padres de una ausencia.
De repente, el
edificio entero tiembla. El sonido de los cables del ascensor tensándose suena
como un latigazo. La enfermera me agarra del brazo; su tacto está helado, como
si ella misma fuera el invierno.
-Vete antes de
que las puertas se cierren del todo -me ordena, empujándome hacia el hueco
metálico-. Porque si el ascensor se detiene entre plantas, te quedarás en el
lugar donde el tiempo no avanza y los niños nunca llegan a casa.
-¿Qué lugar es
ese? -pregunto mientras el metal empieza a cerrarse.
-El nido -responde ella antes de desaparecer en la oscuridad-. Ahora despierta, y reza
para que cuando abras los ojos, el zapato azul no esté al pie de tu cama.
Nota a pie de la locura: esta publicación, al igual que la de "El rito circular" se sale un poco del estilo al que os tengo acostumbrados pero me apetecía hacer un pequeño homenaje a esta fantástica novela de terror de Iván Ledesma sin caer en el odiado spoiler. He tratado, a mi manera, de mostraros una minúscula parte de todo lo que podéis encontrar en "El llanto del cuco" y, a la vez, no os he dicho nada. Así que, si queréis sentir un desasosiego y un terror primigenio que vuestras pobres mentes mortales tal vez no sean capaces de abarcar, adelante, haced como yo y alimentadle con carne y cenizas.


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